El antisemitismo y la islamofobia sustentan el terrorismo global



  • El 60 % propaganda JNIM Sahel demoniza Israel consolidándose como la raíz ideológica terrorismo Burkina Faso
  • La islamofobia yihadista en el Sahel eleva 45% letalidad
  • JNIM e ISGS causan 70 % muertes globales desde frágil Sahel africano


Enrique Fernández
Atalayar
24 de marzo de 2026

El terrorismo vive su peor momento en más de una década; pero atentados como el sufrido ayer en Londres donde cuatro ambulancias judías de Hatzolah ardían tras un ataque coordinado nos recuerda que su presencia sigue vigente y que, en tiempos convulsos como los actuales, puede ayudar a resucitarlo. Del mismo modo que deja a todos preguntándose hasta dónde es capaz de llegar el odio.

Lamentablemente, esto no es un hecho aislado. El Global Terrorism Index 2026 del Institute for Economics & Peace (IEP) lo pone en negro sobre blanco: el terrorismo global ha tocado fondo con 5.582 muertes, un 28 % menos que el curso pasado, y 2.944 ataques, un 22 % abajo, lo que se traduce en los números más bajos desde 2007. En todo el mundo son 81 los países que mejoran, una noticia digna de celebrar por todos los servicios de inteligencia y antiterrorismo del globo.

Sin embargo, la región Sahel sigue aglutinando cerca del 40 % de las victimas totales. Ahí, un antisemitismo radical y una islamofobia torcida por yihadistas explican por qué el progreso global suena a una especie de “victoria a medias”.

La región del Sahel se consolida como la más peligrosa del mundo

Uno no puede evitar sorprenderse al ver cómo ha cambiado el mapa del terror. El Sahel ha pasado de ser una nota al pie a convertirse en el “hub del terrorismo mundial”. Burkina Faso lidera el índice con 8.581 puntos y unas 1.200 muertes registradas en 2025. Mali no se queda atrás, con 7.907 puntos, y Níger ronda los 7.500. Lo que más impresiona es que seis de los diez países peor parados están en esta región.

Detrás de estas cifras se encuentran los grandes “capos del terrorismo global”: Estado Islámico (IS), JNIM, TTP y Al-Shabaab. Cuatro organizaciones, que por su estructura tan avanzada podrían considerarse fuerzas armadas, responden por el 70 % de las 3.869 muertes a nivel mundial. Solo en el Sahel, JNIM lanzó 400 ataques, y el IS en el Gran Sáhara (ISGS) casi duplicó los suyos: de 111 en 2024 a 221 el año pasado. Son cifras que, al leerlas, asustan.

Si hay un motivo específico por el cual esa región es la más afectada es su inestabilidad. La fragilidad de los estados juega en contra –un 8.5 sobre 10 en el índice del IEP–, dejando 10.000 kilómetros cuadrados sin control efectivo. El narcotráfico, con opio viniendo de Afganistán, cubre el 70 % de sus gastos. Y no olvidemos el cambio climático, que seca los ríos y enfrenta comunidades por el agua, está dando a los radicales el terreno perfecto para crecer.

El antisemitismo radical impulsa el yihadismo saheliano

Cuando el informe habla de ideología, el antisemitismo sale a relucir como el hilo conductor. No es algo secundario; define cómo operan estos grupos. El IS, que en Oriente Medio ha perdido fuelle –un 40 % menos de ataques, de 400 a 150–, ha redirigido su energía a África subsahariana. Ahí suma 221 incidentes cargados de retórica contra judíos y sus aliados occidentales.

El Estado Islámico exporta odio desde Siria al Atlántico en una especie de desplazamiento calculado. Oriente Medio respira tras años duros, pero es ahora el Sahel quien está pagando el precio con creces. El JNIM toma textos antisemitas antiguos y los adapta para su causa, uniendo a fulani y tuareg bajo un mensaje común. El 60 % de su material demoniza a Israel y a los “cruzados”. Casos como el de Tombuctú en 2025, con 12 víctimas judías, muestran el patrón.

Por qué crece el antisemitismo e islamofobia en el Sahel

No es casualidad que estos odios se disparen justo ahora. El antisemitismo saheliano tiene raíces estructurales claras.

Primero, el Estado Islámico necesita un nuevo enemigo tras perder el califato sirio –un 40 % menos de ataques allí–. Los judíos se convierten en el “villano eterno” perfecto, una narrativa simple que une tribus sin necesidad de teología compleja.

Segundo, Irán exporta su guerra contra Israel a través de proxies sirios: vídeos de misiles iraníes llegan al Telegram saheliano, donde JNIM los remezcla con emboscadas locales. Para un pastor fulani analfabeto, “los judíos controlan Francia” explica la pobreza mejor que cualquier manifiesto.

La islamofobia yihadista sigue un ciclo igual de perverso. El auge de AfD en Alemania o Vox en España les da material gratis: JNIM proyecta mítines enteros como “prueba” de persecución sistemática contra musulmanes. Cada discurso ultraderechista genera 48 horas de contenido viral que radicaliza a tuaregs descontentos. La retirada francesa de 2023 agravó todo: sin tropas en Malí, la narrativa “Occidente nos traicionó” justifica alianzas tácticas con Wagner ruso.

Lo más peligroso es su sinergia. El antisemitismo atrae yihadistas ideológicos globales; la islamofobia recluta locales pragmáticos por venganza tribal; mientras las redes sociales aceleran el proceso.

La islamofobia yihadista une facciones regionales

Del otro lado, la islamofobia que predican estos grupos sirve para cohesionar. Acusan a Francia y la UE de persecución religiosa, convirtiendo cada convoy de la ONU o patrulla del G5 Sahel en un objetivo legítimo a sus ojos. Eso explica el salto del 45 % en letalidad, con 2.000 muertes solo en la región.

La narrativa es simple pero efectiva: todo lo occidental es islamófobo. Así justifican operaciones que van más allá de lo militar. El repunte en Occidente –un 280 % más de muertes, 200 en total– no es casualidad. Células con raíces saharauis han aparecido en Cataluña, según los Mossos, usando tácticas de ISGS con drones y redes sociales.

Para ponerlo en perspectiva, Oriente Medio baja un 40 % con 600 muertes en Siria e Irak. Sur de Asia mejora un 25 %, Pakistán suma 1.000. Nigeria tiene 800 por Boko Haram. Pero el 70 % de las muertes globales se apiñan en cinco países: Pakistán, Burkina Faso, Nigeria, Níger y Congo.

El IEP no pinta un futuro rosa: prevé un 30 % más de ataques en el Sahel para 2026 si no hay cambios. Recomienda revivir la G5 Sahel, lanzar contra narrativas digitales y meter mano en desarrollo para 500 aldeas. Desde 2007, 66.000 incidentes han dejado 250.000 muertos; el Sahel ya es el 35 % del total.

España, Europa y el norte de África no pueden mirar para otro lado. Ese ataque en Londres hoy podría ser una señal para mañana. Inteligencia compartida y diálogos que corten el odio de raíz suenan a lo único sensato.

Enlace a artículo de Atalayar.

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