La historia de Nadia, iraquí martirizada por ISIS
Todo cambió cuando los milicianos rodearon su aldea, separaron a hombres, mujeres y niños y plantearon una elección imposible: convertirse al islam o morir, según Nadia Murad.
La Gaceta de la Iberosfera
2 de enero 2026
Nadia Murad, superviviente del Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés), ha narrado el horror vivido tras la ofensiva yihadista contra la comunidad yazidí en el norte de Irak, un ataque que derivó en una campaña sistemática de asesinatos, secuestros y esclavitud sexual que marcó para siempre a miles de familias.
El asalto se produjo el 3 de agosto de 2014, cuando combatientes del autodenominado ISIS irrumpieron en la región de Sinjar, una zona habitada mayoritariamente por yazidíes, una minoría religiosa considerada «infiel» por los extremistas. En cuestión de horas, aldeas enteras fueron arrasadas y la población civil quedó atrapada sin posibilidad de huida.
Antes de la ofensiva, Murad recuerda una vida sencilla y pacífica. Las casas eran humildes, construidas con barro, pero la convivencia con otras comunidades era tranquila y estable. «No teníamos problemas con nadie», ha explicado en varias entrevistas. Todo cambió cuando los milicianos rodearon su aldea durante días, cortaron las comunicaciones y bloquearon cualquier salida, mientras los vecinos pedían ayuda que nunca llegó.
Finalmente, los combatientes concentraron a la población en la escuela local. Allí separaron a hombres, mujeres y niños y plantearon una elección imposible: convertirse al islam o morir. Poco después, unos 700 hombres fueron sacados del recinto y ejecutados a las afueras. Entre ellos estaban varios hermanos de Nadia. Algunos lograron huir heridos; otros jamás regresaron. A día de hoy, el paradero de muchos sigue siendo desconocido.
Las mujeres y los niños corrieron una suerte distinta. Los menores varones fueron enviados a campamentos de adoctrinamiento y entrenamiento, mientras que las niñas y jóvenes fueron clasificadas como botín de guerra. Ancianas, entre ellas la madre de Murad, desaparecieron y más tarde se hallaron fosas comunes con sus cuerpos. En total, 18 miembros de su familia murieron o siguen desaparecidos.
Nadia fue trasladada junto a otras mujeres y niñas —algunas de apenas diez años— a Mosul, donde el grupo terrorista había instalado centros de detención. Allí descubrió que cada día los combatientes acudían a «seleccionar» prisioneras, que eran violadas y devueltas o vendidas a otros hombres en mercados clandestinos. A esa práctica, los yihadistas la denominaban «yihad sexual».
Durante meses, Murad fue sometida a violaciones reiteradas y a humillaciones extremas. Relata que ninguno de sus captores mostró compasión y que incluso las familias de los combatientes aceptaban lo que ocurría. Las mujeres eran forzadas a convertirse y tratadas como propiedad intercambiable. Algunas prisioneras, incapaces de soportar el abuso constante, acabaron suicidándose.
En uno de sus intentos de huida, Nadia fue capturada de nuevo y castigada con violencia colectiva, una represalia habitual contra quienes trataban de escapar. Pese a ello, consiguió finalmente huir y encontrar refugio, convirtiéndose después en una de las voces más visibles en la denuncia del genocidio yazidí.
Su testimonio ha sido clave para visibilizar el uso de la violación como arma de guerra. En 2018, Murad fue reconocida internacionalmente al recibir el Premio Nobel de la Paz junto al médico congoleño Denis Mukwege, por su lucha contra la violencia sexual en conflictos armados.
Comentarios
Publicar un comentario