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El senador republicano McCarthy acusó al presidente Eisenhower de ser comunista


Joseph McCarthy, el cazador cazado

Un desconocido senador republicado por Wisconsin inauguró el populismo ramplón que ha venido acompañando a la política estadounidense 

Ramón Álvarez
La Vanguardia
16 de octubre de 2020

Pronunció el discurso que muchos querían oír para dar voz a un debate que estaba en la calle. Joseph McCarthy no fue ni un gran orador ni un gran líder. Ni siquiera gozó de habilidad para manipular a sus interlocutores en las distancias cortas, aunque bien puede decirse que inauguró una corriente populista que desde sus histriónicas y paranoides intervenciones, más a través de los medios de comunicación que desde la tribuna del Senado, no ha abandonado desde entonces la política estadounidense.

Abogado y candidato demócrata a una fiscalía de Wisconsin antes de la Segunda Guerra Mundial, senador republicano por el mismo estado acabada la contienda, McCarthy se convirtió en el portavoz del anticomunismo norteamericano más acérrimo, que acusaba a la Administración demócrata de Harry Truman de tibieza ante el avance del socialismo en el Pacífico, especialmente tras la proclamación de la República Popular China en 1949 y los procesos revolucionarios abiertos en la Guerra de Indochina.

El potencial nuclear desarrollado en pocos años por la Unión Soviética ante lo que pronto se consideró -y en parte se demostró- fruto del espionaje, la importante oleada migratoria europea que había recibido el país y las simpatías de algunas elites por la izquierda europea se convirtió en un caldo de cultivo en el que un entonces desconocido senador vio y denunció una seria amenaza.

Tras exponer diversas sospechas de infiltración comunista ante el Senado, su irrupción ante la opinión pública fue a lo grande: primero con el discurso que pronunció ante auditorio republicano el 9 de febrero de 1950, que ha dado en conocerse como “Enemigos en el interior” y que reproducimos ligeramente extractado, y sólo dos días después mediante una carta al presidente Truman que él mismo hizo pública denunciando una conspiración comunista dentro del mismísimo Departamento de Estado, con espías infiltrados al servicio de la Unión Soviética a los que no dudó en poner nombres y apellidos.

Siempre esgrimiendo una lista negra, con un aparente apoyo popular y sin prácticamente ninguna injerencia política, McCarthy puso en marcha a lo largo y ancho del país su particular caza de brujas, que más allá de la Administración afectó a destacados investigadores y personal de laboratorios y proyectos científicos, a intelectuales, actores, guionistas y  directores de cine y a activistas sociales de todo tipo, por no hablar de los miembros del testimonial Partido Comunista de Estados Unidos.

Al frente del Subcomité de Investigaciones del Senado desde 1953, su persecución de comunistas infiltrados llegó a su cénit mediante procesos realizados sin las mínimas garantías constitucionales. Sus informes se elevaban o bien al Comité de Actividades Antiestadounidenses, el organismo de la Cámara de Representantes con competencias específicas para desarrollarlas, o directamente ante la justicia.

Sonados fueron los casos de los Diez de Hollywood, del matrimonio de Ethel y Julios Rosenberg, que acabaron en la silla eléctrica por haber revelado a los soviéticos información sobre el programa atómico estadounidense, o la expulsión del físico Robert Oppenheimer, director del Proyecto Manhattan que desarrolló las bombas atómicas que Estados Unidos arrojó sobre Hiroshima y Nagasaki, de todas sus responsabilidades en el programa nuclear.

Criticado por sus más que cuestionables métodos, su demagogia y su burdo lenguaje, McCarthy fue apartado de su responsabilidad en el Senado en 1954 mediante una moción de censura a la que ni su propio partido no se opuso, aunque continuó con su caza de brujas hasta 1956. Su final estuvo marcado por su investigación en el seno de las Fuerzas Armadas y por apuntar sin tapujos hacia el presidente republicano Dwight Eisenhower, que intervino directamente para detener una actividad ya absolutamente paranoica.

El destino ha hecho que más de medio siglo después del macartismo, en una suerte de justicia poética, un municipio del mismo estado por el que fue elegido senador, Wisconsin, tenga desde el año pasado un alcalde comunista, el indio americano Wahsayah Whitebird.

El discurso

"Damas y caballeros, esta noche me gustaría poder hablar de la paz en nuestro tiempo -de la guerra prohibida- y del desarme mundial. Cinco años después de haber ganado una guerra mundial, el corazón de los hombres debería anticipar una paz prolongada y su mente estar liberada del gran peso de la guerra. Pero éste no es un período así, porque no es un período de paz. Es una época de guerra fría. Es una época en la que todo el mundo se divide en dos campos armados ampliados y cada vez más hostiles: una época de una gran carrera armamentista.

"Hoy en día podemos escuchar casi físicamente los murmullos y los rumores de un dios de la guerra vigorizado. Podemos verlo, sentirlo y escucharlo desde las colinas de Indochina, desde las costas de Formosa, hasta el corazón mismo de Europa.

"Lo único alentador es que todavía no ha llegado el momento de locura para ese disparo o esa explosión de una bomba que pondría a la civilización en la tarea final de destruirse a sí misma. Todavía hay esperanza de paz si finalmente decidimos que ya no podemos cerrar los ojos ni taparnos los oídos ante unos hechos que se están perfilando cada vez con más claridad. Y es que ahora estamos inmersos no en la guerra habitual entre naciones por áreas territoriales u otras ganancias materiales, sino una guerra entre dos ideologías diametralmente opuestas.

"La gran diferencia entre nuestro mundo cristiano occidental y el mundo comunista ateo no es política, es moral. Por ejemplo, la idea marxista de confiscar la tierra y las fábricas y administrar toda la economía como una sola empresa es trascendental. Del mismo modo, la invención de Lenin de un estado policial de partido único para hacer que la idea de Marx funcione no es menos trascendental.

"La firmeza de Stalin ante estas dos ideas ha hecho mucho para dividir al mundo. Sin embargo, con estas diferencias, el Este y el Oeste podrían vivir en paz con toda seguridad. El problema radica en su inmoralidad. Esta religión de lo inmoral inventada por Marx, predicada febrilmente por Lenin y llevada a extremos inimaginables por Stalin, si triunfa más allá de medio mundo -y bien podría hacerlo- herirá y dañará a la humanidad más profundamente que cualquier sistema económico o político concebible.

"Hoy estamos comprometidos en una batalla final y total entre el ateísmo comunista y el cristianismo. Los ganadores actuales del comunismo han elegido este momento y, damas y caballeros, las cosas están mal, están realmente mal. Para que no les quede ninguna duda de que han elegido el momento escuchemos lo que dijo líder del comunismo de hoy, Stalin, a los dos años de acabar la guerra: 'Pensar que la revolución comunista se puede llevar a cabo pacíficamente, dentro del marco de una democracia cristiana, significa que uno se ha vuelto loco y ha perdido todo entendimiento normal, o ha repudiado de manera burda y abierta la revolución comunista'.

"Damas y caballeros, ¿puede haber alguien esta noche estar tan ciego como para decir que la guerra no ha comenzado? ¿Puede alguien no darse cuenta de que el mundo comunista ha dicho que es el momento del enfrentamiento entre el mundo cristiano democrático y el mundo ateo comunista? A menos que nos enfrentemos a este hecho, pagaremos el precio que deben pagar los que esperan demasiado.

"Hace seis años había dentro de la órbita soviética 180 millones de personas. Alineados en el lado antitotalitario había en el mundo en ese momento aproximadamente 1.625 millones. Hoy, sólo seis años después, hay 800 millones de personas bajo el dominio absoluto de la Rusia soviética, un aumento de más del 400%. En nuestra parte, la cifra se ha reducido a alrededor de 500 millones. En otras palabras, en menos de seis años, las probabilidades han cambiado de 9 a 1 a nuestro favor a 8 a 5 en nuestra contra.

"Esto indica la rapidez del ritmo de las victorias comunistas y las derrotas estadounidenses en la guerra fría. Como dijo una vez una de nuestras destacadas figuras históricas: 'Cuando una gran democracia es destruida, no será por enemigos externos, sino por enemigos internos'.

"La razón por la que nos encontramos en una posición de impotencia no es porque nuestro único enemigo potencial poderoso haya enviado hombres a invadir nuestras costas, sino más bien por las acciones traidoras de quienes tan bien han sido tratados por esta nación. No han sido los menos afortunados ni los miembros de grupos minoritarios los que han sido traidores a esta nación, sino aquellos que han tenido todos los beneficios que la nación más rica del mundo ha tenido para ofrecer. Las mejores casas, la mejor educación universitaria y los mejores trabajos en el Gobierno que podemos ofrecer.

"Esto es evidente en el Departamento de Estado. Allí, los jóvenes brillantes que nacen con cucharas de plata en la boca son los que han sido más traidores. Tengo aquí en mi mano una lista de 205. Una lista de nombres que se dieron a conocer al secretario de Estado como miembros del Partido Comunista y que, sin embargo, todavía están trabajando y dando forma a la política en el Departamento de Estado.

"Como saben, muy recientemente el secretario de Estado proclamó su lealtad a un hombre culpable de lo que siempre se ha considerado como el más abominable de todos los crímenes: ser un traidor a las personas que le dieron un puesto de gran confianza, alta traición.

"Ha prendido la chispa que está resultando en un levantamiento moral y terminará sólo cuando todo el lamentable lío de pensadores retorcidos sea barrido de la escena nacional para que podamos tener un nuevo nacimiento de honestidad y decencia en el Gobierno."

Enlace a artículo de La Vanguardia


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