La tercera guerra del Golfo, un giro sustancial en la historia regional


A la luz de la ofensiva contra Irán, la estrategia de las monarquías del Golfo de atar su seguridad a la protección occidental y recibir en su territorio numerosas bases militares estadounidenses se ha vuelto contra ellas y las coloca en la primera línea de una guerra que intentaron evitar por todos los medios. El contexto actual podría forzarlas a replantearse su modelo de seguridad.

Fatiha Dazi-Héni
OrientXXI
20 de marzo de 2026

La guerra israelí-estadounidense lanzada contra Irán el 28 de febrero de 2026 no representó una verdadera sorpresa para las monarquías del Golfo, habida cuenta de la armada que Estados Unidos había movilizado hacia la región. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos diplomáticos desplegados para evitarla, las monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), en especial Arabia Saudita, Omán y Catar, llegaron a la amarga conclusión de que no fueron escuchadas por su aliado estadounidense. Este hecho les genera aún más preocupación porque ahora temen que las dejen solas manejando a largo plazo las consecuencias caóticas de un conflicto que ellas mismas padecen. La ofensiva militar masiva era un deseo sobre todo de Israel, que arrastró a la guerra a la administración de Trump, acostumbrada ya a un doble juego: iniciar negociaciones mientras privilegia in fine la opción militar. Este esquema ya se había manifestado durante la Guerra de los Doce Días, en junio de 2025, y se repite en la actualidad.

Esta tercera guerra del Golfo se diferencia de las dos anteriores. La primera opuso entre 1980 y 1988 al Irak de Sadam Huseín contra el Irán del ayatolá Ruhollah Jomeini. La segunda comenzó luego de que Irak invadiera Kuwait, el 2 de agosto de 1990, y terminó entre el 17 de enero y el 27 de febrero de 1991 (fecha de la liberación del territorio kuwaití). Esta tercera guerra tiene como teatro el conjunto de la región: de Irán a Irak y Jordania, y coloca en el centro de la confrontación a la península arábiga, con la notable excepción de Yemen, donde los hutíes por el momento permanecen en posición de emboscada. Oriente Próximo también está implicado directamente, con Israel y Líbano, que se hundió una vez más en la guerra tras los tiros de misiles de Hezbolá destinados a vengar el asesinato del guía supremo iraní, Alí Jamenei.

Este nuevo conflicto se inscribe más bien en la estela de la guerra de Irak iniciada el 20 de marzo de 2003 por el gobierno de George W. Bush, una intervención realizada unilateralmente fuera del marco legal de la ONU, al igual que el conflicto actual. Sin embargo, las consecuencias de esta nueva guerra podrían ser más profundas, sobre todo en lo relativo a la redefinición de la arquitectura de seguridad regional. Todo indica que el equilibrio estratégico del Golfo y, más en general, de Oriente Próximo, podría verse profundamente transformado.

Una ofensiva militar con objetivos inciertos

Los primeros bombardeos masivos israelí-estadounidenses contra Irán ocurrieron incluso cuando se estaban llevando adelante negociaciones con mediación omaní. Hasta estaba al alcance de la mano un avance diplomático con el patrocinio de Omán. El acuerdo que se perfilaba giraba en torno a una solución a la cuestión nuclear iraní que se basaba en la transferencia del uranio enriquecido hacia un país tercero y con un límite de enriquecimiento de 2%, a diferencia del 3,67% del acuerdo firmado en 2015.

En este contexto, las justificaciones esgrimidas por el presidente Donald Trump para explicar la entrada en guerra contra la República Islámica acentuaron la confusión en torno a los objetivos buscados. Inicialmente, se mencionó el argumento del cambio de régimen, como atestiguan los primeros ataques impulsados por Israel, que condujeron a la decapitación de una parte del régimen iraní, incluido su guía supremo, el ayatolá Alí Jamenei. También murieron unos cuarenta altos dignatarios militares y políticos, entre ellos, el comandante de la Guardia Revolucionaria, el jefe de Estado Mayor y el ministro de Defensa.

Más adelante, Donald Trump volvió a referirse a ese objetivo y afirmó que la intervención apuntaba más bien a desmantelar el programa balístico iraní y a prevenir una amenaza nuclear inminente que fue desmentida por el Organismo Internacional de Energía Atómica (AIEA). En un tercer momento, siguiendo al primer ministro israelí, el presidente Trump mencionó la posibilidad de alentar una ofensiva terrestre liderada por la comunidad kurda iraní refugiada en el Kurdistán iraquí. Esa hipótesis es considerada irrealista por gran parte de los expertos militares, tanto debido a las limitaciones operativas como a la incertidumbre respecto de la voluntad de los kurdos –o de otras minorías iraníes como los baluchíes, los azeríes o los árabes del Juzestán– de lanzarse a semejante aventura.

La estrategia israelí se inscribe en una lógica que consiste en fragmentar el país y debilitar al máximo el aparato de seguridad iraní en el marco de su estrategia global de fragmentación de la región para sembrar el caos e imponer con mayor facilidad su supremacía militar.

La ausencia de rumbo estratégico del gobierno de Trump suscita una profunda preocupación entre los dirigentes del Golfo, que se expresa con frecuencia de manera indirecta, por intermedio de figuras académicas o de actores influyentes del mundo de los negocios. Un ejemplo sorprendente de ello, en los Emiratos Árabes Unidos, es la carta abierta dirigida al presidente Trump por el empresario Khalaf Ahmad Al Habtoor1, publicada el 5 de marzo. En el texto, Al Habtoor cuestiona los motivos que llevaron a transformar la región en un campo de batalla, aun cuando los Estados del Golfo habían advertido sobre las caóticas consecuencias que entrañaría semejante guerra.

Frente a la ofensiva, Irán contestó rápidamente con una serie de represalias de muy alta intensidad contra las instalaciones militares estadounidenses en toda la región. Los ataques alcanzaron bases situadas en Jordania, en Irak y sobre todo, en las monarquías miembros del Consejo de Cooperación del Golfo. Los dispositivos de mando de la Quinta Flota estadounidense estacionada en Manama, Baréin, sufrieron daños significativos. En Catar, en la base de Al Udeid, donde se encuentra el mando central estadounidense para la región (US CENTCOM), fueron destruidos dos sistemas de radar avanzados. Esos radares desempeñan un papel esencial en la detección de tiros de misiles y en la alerta a los sistemas de defensa antimisiles, en especial las baterías THAAD y Patriot. Las bases instaladas en Kuwait, donde el ejército estadounidense dispone de materiales preposicionados en Camp Arifjan, que acoge la base aérea de Ali Al Salem y el componente del mando de tierra del CENTCOM, sufrieron graves daños. Por último, fueron atacadas la base aérea de Al-Dhafra, en Abu Dabi, y la base Príncipe Sultán en Al Kharj, situada en la periferia de Riad, al igual que varias instalaciones estadounidenses en el Kurdistán iraquí y en Jordania.

Las monarquías, en el centro de las represalias

Las monarquías del Golfo sabían que quedarían en la primera línea en caso de una confrontación directa entre Irán, Israel y Estados Unidos. Por cierto, las autoridades iraníes ya les habían advertido en múltiples oportunidades –a pesar de la distensión observada tras la reanudación de las relaciones diplomáticas entre Riad y Teherán bajo los auspicios de Pekín, el 10 de marzo de 2023– que las numerosas bases militares estadounidenses estacionadas en su territorio serían blancos prioritarios en caso de ataque a la República Islámica.

Sin embargo, la amplitud de los ataques iraníes provocó una verdadera estupefacción en las poblaciones, así como entre los dirigentes de la región. Los ataques no se limitaron a las instalaciones militares, sino que también apuntaron contra infraestructuras civiles, en especial en los Emiratos Árabes Unidos, que concentran por lejos la mayor cantidad de ataques. Varios sitios emblemáticos se vieron afectados: hoteles de lujo, infraestructura de carreteras y de aeropuertos –en particular el Aeropuerto Internacional de Dubái (DBX) y el Al Maktoum International Airport–, así como instalaciones portuarias estratégicas. Entre ellas figuran el puerto de Jebel Ali en Dubái, uno de los puertos de aguas profundas más importantes de la región, Puerto Zayed, situado a proximidad de la base conjunta francesa, y el puerto Califa en Abu Dabi.

La federación de los Emiratos Árabes Unidos es el primer objetivo en términos de ataques de drones y de misiles balísticos iraníes según la cuenta X del investigador yemení Ibrahim Jalal, que publica regularmente el conteo de los ataques de Irán contra las monarquías del Golfo.

El 7 de marzo, en un discurso transmitido en la televisión estatal, el presidente iraní Masoud Pezeshkian pidió disculpas a los países vecinos por los ataques que sufrieron desde el comienzo de la guerra: “Pido disculpas (…) ante los países vecinos que fueron atacados por Irán”. Pezeshkian afirmó que Irán solo atacaba a sus vecinos tras haber sido atacado en primer lugar desde esos mismos países. Sin embargo, esa declaración no impidió que los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria continuaran con los ataques, lo que puede denotar un exceso de celo de parte de algunos guardias más radicales que la dirección política transitoria. Pero los dirigentes del Golfo no son ingenuos respecto de este doble discurso, que califican de “diplomacia de la sonrisa” cuando Irán inicia negociaciones y de intervencionista cuando activa sus fuerzas delegadas regionales.

Castigar a Abu Dabi

La muerte del Guía durante ataques israelíes en las primeras horas del conflicto convenció a las autoridades iraníes de vengar a su “mártir”. En este sentido, la República Islámica optó por concentrar una parte importante de sus represalias en los Emiratos Árabes Unidos incluso antes de atacar a Israel.

Para Teherán, Abu Dabi paga el precio de su elección estratégica de haber apostado por un acercamiento de seguridad con Israel tras la firma de los Acuerdos de Abraham, el 15 de septiembre de 2020. El acercamiento incluso se intensificó luego de los ataques del 7 de octubre de 2023 y de la guerra regional emprendida por el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, en varios frentes: Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Irán y Yemen. En ese contexto, Abu Dabi desarrolló una estrecha cooperación con Tel Aviv en los ámbitos de la seguridad, la inteligencia y la informática, en especial tecnologías de punta. La relación también se extendió a los sectores económico, cultural y turístico.

A pesar de la devastadora guerra de Israel en Gaza, los intercambios comerciales entre los Emiratos Árabes Unidos e Israel siguieron aumentando durante el año 2024. La estrategia iraní ahora consiste en atacar directamente el modelo económico emiratí, pilar central de su soft power y de su atractivo internacional. En numerosos videos difundidos en las redes sociales se observan explosiones cercanas a sitios turísticos emblemáticos de Dubái, así como bombas dirigidas a infraestructuras más estratégicas.

Más allá de los ya significativos daños económicos, estos ataques podrían tener consecuencias durables sobre la imagen internacional y la conducta política de la federación. La amargura de los dirigentes emiratíes se vuelve más intensa porque le reprochan al gobierno de Trump una falta de estrategia clara en el manejo de la guerra. Pero su frustración también apunta contra Israel, su socio, que hizo circular en el sitio del periódico israelí Yediot Aharonot (Ynet) información falsa que atribuía a los Emiratos Árabes Unidos un ataque contra una fábrica de desalinización en Irán. La información fue desmentida de inmediato, el 8 de marzo en X, por Ali Al Nuaimi, presidente del comité de Defensa, Interior y Asuntos Exteriores del Consejo Nacional Federal de los EAU.

De modo que la federación de los EAU se encuentra atrapada en el engranaje de una guerra padecida. Sus aliados, Estados Unidos e Israel, no dudan en poner en riesgo sus esfuerzos de desescalada, en particular, haciendo circular información que sugiere una implicación directa de las monarquías del Golfo en ataques contra instalaciones estratégicas iraníes.

En paralelo, algunas voces de Washington intentan alentar a esos Estados a sumarse más directamente a la ofensiva israelí-estadounidense, como lo demuestran las declaraciones del senador republicano Lindsey Graham en su cuenta de X2. Ese ferviente partidario de una guerra contra Irán mencionó la posibilidad de fortalecer los acuerdos de defensa con las monarquías del Golfo. Sin embargo, estas iniciativas producen el efecto inverso al buscado, es decir, refuerzan la determinación de los dirigentes del Golfo a no ser arrastrados a una confrontación directa con Teherán. Arabia Saudita, en particular, se esfuerza por mantener abiertos los canales de comunicación con la República Islámica.

Falta de preparación política israelí-estadounidense

Las consecuencias económicas del conflicto ya se sienten fuertemente en las monarquías del Golfo. Los bombardeos dañaron varios polos logísticos importantes, sobre todo las infraestructuras portuarias y aeroportuarias de Abu Dabi y de Dubái, así como algunas instalaciones energéticas estratégicas. La refinería de Ras Laffan, en Catar, que representa cerca del 20% de la producción mundial de gas natural licuado (GNL), figura entre las instalaciones afectadas. A eso se agrega el bloqueo parcial del estrecho de Ormuz en la zona controlada por Irán, que perturba enormemente los flujos energéticos y comerciales.

Sin embargo, los efectos de la guerra exceden el marco regional. La economía mundial también sufrió un fuerte impacto. El precio del barril de petróleo se disparó a 115 dólares (99 euros), contra casi 60 dólares (51 euros) unos días antes del inicio de las hostilidades. En paralelo, las tensiones en los mercados internacionales se agravan debido a la suspensión de las exportaciones del GNL catarí y a las perturbaciones en el transporte de algunas materias críticas, especialmente el aluminio.

La guerra ejerce una presión creciente sobre las finanzas de las monarquías del Golfo, a tal punto que obligó a algunos gobiernos a revisar sus compromisos financieros internacionales. Esta situación podría tener consecuencias más allá de la región. Las monarquías del Golfo controlan algunos de los fondos soberanos más importantes del planeta y figuran entre los principales inversores internacionales. Según un artículo del Financial Times publicado el 5 de marzo, las tres economías más importantes del Golfo –Arabia Saudita, los EAU y Catar– ya abrieron discusiones sobre las restricciones presupuestarias que el conflicto podría generar en sus equilibrios financieros3.

Por su parte, Teherán parece convencido de prolongar el conflicto para fragilizar al gobierno de Trump, de cuya base electoral una parte se opone a la guerra. Esta dinámica explica la multiplicación de las declaraciones triunfalistas en Washington, en un momento en que el gobierno estadounidense tiene dificultades para ocultar su malestar frente a la postura estrictamente defensiva de los Estados del Golfo. Estos últimos se esfuerzan por evitar cualquier involucramiento directo en la escalada militar junto a Israel y Estados Unidos, y siguen negándole a Washington la utilización de bases situadas en su territorio para operaciones ofensivas. Esta negativa también está motivada por el hecho de que Washington repatría a su personal de las embajadas del Golfo y destina la mayor parte de su ayuda a la protección de Israel.

Una fábrica de desalinización atacada

Además, algunos blancos atacados por Estados Unidos suscitan grandes preocupaciones en la región. El ataque de una refinería de petróleo en Teherán –que sumió a una parte de la capital en la oscuridad– así como el de una fábrica de desalinización marcan una escalada muy peligrosa. Hasta ahora, Irán evitaba atacar este tipo de infraestructuras vitales. Los países del CCG poseen aproximadamente 400 instalaciones de desalinización y concentran cerca del 60% de las capacidades mundiales en ese ámbito. Su dependencia de esas infraestructuras es enorme: en los Emiratos Árabes Unidos y en Kuwait, el 90% del agua potable proviene de la desalinización; en Omán, el 86%, y en Arabia Saudita, aproximadamente el 70%.

La información disponible sobre los ataques a Israel es particularmente limitada. En las redes sociales circulan varias fuentes que mencionan daños considerables, sobre todo en la región de Tel Aviv, donde algunos videos muestran explosiones en la zona portuaria, en barrios residenciales y en infraestructuras de comunicación estratégicas. El nerviosismo de Tel Aviv se manifiesta en el retiro de cámaras en varias ciudades israelíes y en el hecho de impedir la difusión de ataques que den cuenta de víctimas y de destrucciones. Un proceso comparable también se ha observado en Dubái, donde las autoridades disuadieron a varios influencers de difundir masivamente imágenes que muestran los daños sufridos en “la ciudad Mundo”.

Una arquitectura de seguridad regional a reinventar

Esta tercera guerra del Golfo, cuya duración es incierta, ya marca una sustancial en la historia de la arquitectura de la seguridad regional. Desde hace varias décadas, esa seguridad descansaba esencialmente en la garantía de seguridad estadounidense otorgada a las monarquías de la península arábiga. Pero esta estrategia que fracasó largamente ahora parece ser cuestionada por las élites de esos países.

Los dirigentes del Golfo, que habían atado su seguridad a la protección occidental acogiendo en su suelo numerosas bases militares, ahora comprueban que esas instalaciones sirven prioritariamente para apoyar las operaciones militares de Israel. Esta situación alimenta una preocupación creciente: que se agoten las existencias de municiones necesarias para sus propios sistemas de defensa antimisiles, ya que la prioridad parecen ser las necesidades israelíes.

En estas condiciones, y ante la ausencia de una verdadera agenda política, la apuesta israelí-estadounidense que consiste en remodelar la región solamente a través de la supremacía militar parece poco apta para conformar una base sobre la cual afirmar una seguridad durable. La ambición de ampliar los acuerdos de Abraham caducó. Esos acuerdos, que presuntamente estabilizarían la región, no permitieron reducir las tensiones estructurales de Oriente Próximo, sobre todo por la ausencia de una solución política creíble a la cuestión del Estado palestino.

Los contornos de una nueva arquitectura regional podrían surgir gradualmente en torno a un equilibrio de potencias entre los Estados más resilientes de la región. Arabia Saudita conformaría su columna vertical política, en coordinación con Turquía y Egipto, mientras que el sultanato de Omán seguiría jugando un papel central de mediador diplomático. Inversamente, los pequeños Estados del Golfo –incluidos Catar y los Emiratos Árabes Unidos– tendrían una menor influencia. Estos países, que durante mucho tiempo buscaron proyectar su potencia más allá de su talla, se topan ahora con los límites estructurales de las presiones geoestratégicas.

Catar apostó a una diplomacia de mediación a diestra y siniestra para aumentar su influencia internacional, mientras que los Emiratos Árabes Unidos desarrollaron una política exterior más intervencionista, en particular en África y en Yemen. La guerra actual pone al descubierto, sin embargo, sus vulnerabilidades. Al igual que Kuwait luego de la segunda guerra del Golfo, Doha y Abu Dabi probablemente tendrán que planificar su seguridad a futuro en el marco de un Consejo de Cooperación del Golfo más integrado.

Esa cooperación regional deberá proyectarse a largo plazo, y no solo en respuesta a crisis puntuales. Esos Estados no tendrán más opción que aumentar su participación en la dinámica regional actualmente impulsada por Arabia Saudita. Después de los ataques del 7 de octubre de 2023, Riad parece buscar construir un nuevo equilibrio estratégico coordinando sus acciones más estrechamente con Turquía y Egipto, mientras fortalece su cooperación militar con Pakistán para contrabalancear la supremacía israelí, fundamentalmente militar.

En este contexto, el CCG se encuentra atrapado entre dos polos antagónicos: por un lado, una hegemonía militar israelí fortalecida por el apoyo estadounidense; por el otro, un Irán cuyo futuro es incierto, pero que conserva la capacidad de perturbar durablemente el equilibrio regional, en particular si el país se sume en un período prolongado de inestabilidad. Por eso los Estados del Golfo tiene un gran interés en mantenerse apartados del conflicto desatado por Israel y Estados Unidos. Saben que, una vez que termine la guerra, tendrán que manejar solos las consecuencias regionales y los movimientos de su vecino iraní, cuyo futuro es profundamente borroso.

Enlace a artículo de OrientXXI




Entradas más populares de este blog

Agentes de ICE arrestan a presunto miembro de Tren de Aragua en Illinois

"Es difícil cooperar con la Policía de Venezuela" según subjefe de la Policía en Chile sobre problema del Tren de Aragua

Yihadistas han paralizado a una nación con su bloqueo de combustible