Terrorismo empresarial: El modelo forestal factura mientras Chile se quema



El desastre es un negocio redondo. Gana la oligarquía que cobra el seguro y el subsidio para volver a plantar. Ganan las empresas gringas y españolas que arriendan los aviones para apagar el fuego. Gana el especulador inmobiliario que lotea la tierra quemada.

Jean Flores Quintana
Diario Red
1 de febrero de 2026


CHILE - Santiago se ahoga. El sur es un infierno. El humo que respiramos este enero es la prueba física de un modelo político criminal. Las 450.000 hectáreas carbonizadas son el resultado de un plan económico que funciona a la perfección para dos familias y condena a muerte al resto.

Lo que vemos en las noticias es la consecuencia de leyes diseñadas para blindar el lucro privado a costa de quemar el futuro colectivo. Santa Juana vuelve a ser la zona cero. Otra vez. La misma comuna que lloró a sus muertos en 2023 hoy vuelve a arder por los cuatro costados, rodeada de un monocultivo que la asfixia. Nada cambió porque el negocio exige que nada cambie.

Vamos a la raíz. El responsable tiene nombre y fecha: Decreto Ley 701, año 1974. La dictadura cívico-militar usó dinero público para financiar la invasión de los pinos y eucaliptos. Pinochet le pagó con plata de todos los chilenos a los grupos Matte y Angelini para sustituir bosque nativo y comida por plantaciones exóticas (Cámara de Diputados de Chile, 2017). Crearon desiertos verdes que chupan el agua y convierten el suelo en pólvora; la sequía actual es un producto industrial manufacturado por ellos.

La magnitud del desastre trasciende lo territorial; es una masacre por goteo que ha escalado hasta lo impensable. Imaginen el Gran Santiago ardiendo siete veces consecutivas; esa es la tierra que hemos perdido solo esta temporada. Pero la verdadera tragedia se cuenta en los cementerios: en los últimos 25 años, el modelo forestal acumula una estela de cerca de 300 muertos.

Ya no se trata solo de brigadistas en la línea de fuego; hablamos de cientos de civiles —abuelos, niños y familias completas— atrapados en ratoneras de fuego desde los cerros de Valparaíso hasta las zonas rurales de Santa Juana. Son el sacrificio humano exigido por un diseño de mercado que prioriza la exportación de celulosa sobre la seguridad de la vida.

La desigualdad es un insulto matemático. Los clanes Matte y Angelini acumulan 8.000 millones de dólares. Traduzcamos esa cifra a la realidad: con ese dinero se construyen 160.000 viviendas sociales de alto estándar.

El patrimonio de solo dos familias alcanza para erradicar todos los campamentos de Viña del Mar, Valparaíso, Concepción y Temuco juntos. Sobraría plata. Mientras miles duermen en tomas rodeadas de peligro, ellos guardan en el banco la solución habitacional de media clase trabajadora chilena, obtenida explotando esos mismos suelos.

Sumemos el centralismo tributario: Paraíso fiscal en Las Condes, infierno en las “zonas de sacrificio”. Las forestales tienen sus casas matrices en el barrio alto de la capital. Allá pagan sus patentes y financian veredas de lujo y seguridad municipal, gracias a la madera que sale del Biobío y La Araucanía.

A las comunas de origen les dejan los caminos rotos, el suelo degradado y el humo. Es colonialismo interno: las regiones ponen los muertos, la oligarquía santiaguina factura a manos llenas.

Y el dato que mata: Cero. Cero pesos paga la industria por royalty específico. Cortan árboles, degradan la tierra y se llevan la riqueza sin dejar un peso de compensación directa por el daño al suelo. Es un saqueo legalizado.

Hay que decir también la verdad sobre el territorio. Estas plantaciones ocupan el Wallmapu, tierra ancestral Mapuche. Funcionan como un ejército de ocupación verde; desplazan comunidades, secan sus cultivos y militarizan la zona. El fuego cumple ahí una función estratégica: "limpia" el terreno y expulsa a quienes resisten y recuperan tierra.

El desastre es un negocio redondo. Gana la oligarquía que cobra el seguro y el subsidio para volver a plantar. Ganan las empresas gringas y españolas que arriendan los aviones para apagar el fuego. Gana el especulador inmobiliario que lotea la tierra quemada.

Basta de eufemismos. Esto es terrorismo empresarial. La única solución es política: derogar el modelo forestal, recuperar el agua y devolver la tierra. Mientras sigamos con este esquema económico, Chile va a seguir ardiendo. Nos toca a nosotros, al pueblo organizado, apagar el incendio desde arriba, denunciando y desmantelando la estructura de poder que prefiere la celulosa antes que la vida.

Enlace a historia de Diario Red

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